MCMLXI

Desde el patio ascendía -cual chimenea encendida- un teatrillo de voces infantiles tras el cancionero popular. Todo se había iniciado un día 7, acabando el invierno. Mucho después -oculta tras el murmullo del agua- la lectura susurrante del pez divergente: ciencias o letras. Ciencias para subsistir, letras para malvivir.

MGJuárez
sincopadas@gmail.com
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Al pie de la letra


MICROCUENTO I, por Flavia Company-edición julio’12-


La acusada de asesinato alegó que llevaba una vida normal como ama de casa y que ganaba un pequeño sueldo como patronista. El día de los hechos la víctima se había presentado en la sala de costura del domicilio conyugal, quejándose de que las mangas eran largas; de que el cruce del blazer era excesivo; de que le sobraban pantalones. Aturdida no podía entender cómo había errado tanto. También dice que sorpresivamente el difunto no intento agredirla como era habitual sino que en su ataque de ira le extendió los brazos y gritó: ¡Corta!

Sin pensárselo dos veces, ella obedeció.

Nuevo orden mundial


MICROCUENTO I, por Flavia Company-edición julio’12-


Todos salen de fábrica con unas pulseras. La información que contiene esta identificación la introducen los de otro departamento; se guían por el software que han recibido. Su tecnicismo raya la impertinencia; los veo cada día parlotear sobre ajustes y reajustes sin pensar ni tan siquiera un instante en si estos seres están de acuerdo o no.
Soy un R7-G bastante infeliz en esta rutina de empaquetar humanoides y empiezo a preocuparme por el futuro. Así que he tomado la determinación de colocar las pulseras de forma aleatoria; me parece la mejor manera de cambiar el destino de todos ellos.

Venganza a píxeles

MICROCUENTO I, por Flavia Company-edición julio’12-

Tras veintitrés años volvía a la isla. Este reencuentro con los mismos lugares tenía otro matiz, intenso y de autenticidad. Ahora era yo quien conducía por interminables carreteras secundarias hasta los poblados más bellos, decidiendo dónde y cuándo había que hacer fotografías.

Y las hice.
Como también decidí –finalmente- enviárselas sin retocar.
Al otro lado del mundo las recibiría un hombrecillo triste, ajado, de cabellos raídos y rostro perdido. Para poder verlas detalladamente se acercaría tanto a la pantalla que no podría evitar precipitarse en la misma y caer por aquel acantilado donde transcurría el más hermoso de los atardeceres.

Niña buena


para P. Herrero

Otra vez estoy aquí. Todos se empeñan en que salga del túnel, incluso una amiga que he hecho. Si, ya ves, tengo una amiga. Es una tía especial y me dice unas cosas que fliparías. Tú que no me creías capaz de tener amigos, pues esta te gustaría y todo. Aunque no sé yo si te la presentaría, ella no es tan niña buena como yo.

Bueno, a lo que venía. Que te traigo este ramo –nada de plástico repintado- porque como olvidar ese día -la eternidad de las horas-, mientras me insultabas, me pegabas con aquel bate. Si parecías un Adonis, ahí gigante. Y dale que dale, que no dejabas rincón sin magullar. Y yo, buena, muy buena, como siempre, calladita porque me lo pedias. Total, todo fue porque se me olvidó cambiar el agua a las flores. No recuerdo mucho desde entonces, no sé ni cómo fuiste a caer por el cielo de la galería. Yo solo me giré para abrir el grifo y ¡qué tonta al moverme!... y a eso vengo ahora, a cambiar el agua. Yo es que siempre soy una niña muy buena y obediente. Por eso escogí este rincón tan soleado. Descansa en paz.

La raíz cuadrada de un latido



Durante su infancia, cada una de las mañanas escolares se levantaba con un gimnasta: uno-uno, uno-dos, uno-tres... uno-¡ALTO! Oírle era asearse, vestirse, y tras calzarse los zapatos beber rápidamente un vaso de lácteo radiofónico; la otra, la de verdad se presentaba en unas bolsas blanditas, como la ubre de una vaca urbana. Desconocía como era una vaca de las de verdad, pero de tantos libros que caían en sus manos iba aprendiendo lo que no alcanzaba con la rutina diaria.

Cierto día de enjundiosa osadía, tuvo su primer latido juicioso. Toda la clase sufría el mismo castigo escolar: nadie tenía permiso para marchar. En el aula iba aumentado la temperatura ambiental debido a que desde sus cuerpecitos se emitía un vaporoso exudado de cansancio e ira. Observaba la carota encendida de algún compañero, o la palidez cérea de aquel otro. Todos iban minando en su rostro la sinrazón de la reprimenda del profesor.

Y se levantó. Se dirigió a su bien amado profe, y suavemente planteó su reclamación, incluso aportó un dato objetivable, el empañado de los ventanales que iban recogiendo el halo espiratorio de cada uno de los alumnos. Este se la quedó mirando. Y despertó: pueden volar libremente.

Al este de Greenwinch



Todo queda al este de Greenwich. Siguiendo la ruta ciega del desamparo -donde un mapa desdibujado por el uso sirve de guía a los personajes-, se suceden miles de historias. Has de saber que ahí extendido, como en una vieja mesa camilla abandonada en el cuarto, bien parecería el gastado mantel de muchas reuniones familiares; aún así, sin dejarse llevar por el engaño, cada uno de los invitados acoge su flanco con fraternal esperanza. Todo cabe en esta reunión, todo transcurre dócilmente a pesar de la insalvable distancia que hay entre el conocimiento y la intuición.

El grupo accede a las normas más elementales de cortesía y se inicia la dependencia. Cada uno de ellos va reescribiendo su fragmento literario. Nadie incumple con lo esperado a su personaje. Aunque a veces, a más de uno le asalta la idea de la transgresión.

Alguien –siempre hay una genialidad que intenta no sucumbir a la monotonía- decide volver su mirada a quien tiene a su lado. Los flechazos existen. Sin luna llena, sin puesta de sol; sin sones armónicos ni pastelazos. Solo palabras escritas.

Aunque un adorado sol siga huyendo de entre los dedos, siempre por el oeste.