MCMLXI

Desde el patio ascendía -cual chimenea encendida- un teatrillo de voces infantiles tras el cancionero popular. Todo se había iniciado un día 7, acabando el invierno. Mucho después -oculta tras el murmullo del agua- la lectura susurrante del pez divergente: ciencias o letras. Ciencias para subsistir, letras para malvivir.

MGJuárez
sincopadas@gmail.com
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Postales de un tiempo desperado.


TERRITORIO “APATSE”.
Al fondo del teléfono un ave tropical desde: 29º13'30" S. y de 51º20'52" O., aproxima altas temperaturas con sus graves graznidos. Pero no, está más próxima, tanto que hasta su puerta, en un baile desenfrenado donde gira su cabeza agitando el cabello –posesa de su ritual de amarre-, envía flores marcando su territorio selvático: CARPE DIEM, escribió. Nada la ha detenido, todo le parece lícito. La amante procede de un mar oscuro y con su acto solo consigue sumergir hasta la zona abisal la cabeza de su amado.

La fotografían -copa de vino en mano- con el rictus del displacer.





TIEMPO DE AMARRE.
Perdiste el nombre, el apellido, las señas de identidad para transformarte en otro personaje; desprendido del Amor a la búsqueda –cual pirata-, de naves anhelantes en un océano de chips. La historia se escribe sola, día a día, cuando sale el sol y cuando se roba el tiempo amparado por el deseo primitivo. En tu nave, con la cabeza bajo el ala, espectral figura de una historia mala -pésima película en technicolor-, orbitas por la boca de un volcán. Como un infante perdido y asustado reclinas tu hombro ante las líneas sinuosas de los límites. Entonces, la cabeza se precipita.



(SFERA) DIECIOCHO PM.
Cuando se entra a la ciudad desde el sur, esta se explaya en sus grandes dimensiones. Nadie diría que en otro tiempo el cañaveral emergía desde las grietas que desde la montaña hacia el mar arañaban su perfil. Torrentes por donde las aguas subterráneas nunca emergían para derrochar su vertiente. Ahora todas esas grietas aparecen cruzadas por las vías metálicas donde solo existe un final de trayecto: perder el miedo.
Hoy finalmente, tras ciento cincuenta y ocho días de sequia, otras aguas emergen por entre las rendijas de los adoquines filtrándose las confidencias: (Sfera) 18 PM. Ponte guapa. Hasta mañana.

Postales XY



BORSALINO.
Mi abuelo lucia sombrero de paño negro: ala corta, banda de hilo panameño, cinturón satinado. Él era un tipo impecablemente pulcro, metódico, muy exigente. Yo nunca le afeité ni le corté las uñas. Sin embargo me enseño a jugar al dominó. Solo pude tenerle en la última década de su vida, -la que él quiso compartir con tres féminas- pero me dejó la ternura de sus ojos azules cuando de lejos me veía venir, al acabar el colegio.
Mi cabeza nunca estuvo coronada por un borsalino, cuando aún sin llevar la mano le ganaba una nueva ronda: cierre, capi real.


CELTAS.
Ya lo dije –en otra estación de la red-, que jugábamos con las vías. Pero no dije todo el montaje que se organizaba cada vez que mi padre y yo salíamos. Yo era la segunda –aunque nunca ejerciera como tal-, y la pequeña nos buscaba por todos los rincones posibles de la casa. Ella me buscaba a mí -objeto de su malestar-; si hubiera seguido la estela de mi padre lo habría encontrado en el descansillo de la escalera; me esperaba.
Un día no salimos más. Fue aquel día que ella pedía una escalera para ir al cielo a buscarlo.


TRICICLETA.
Mi hermano fue el único de nosotros tres en tener su tricicleta. Claro, era el mayor y antes se compartían las cosas. Por mucho que se empeñasen los Reyes de Oriente, los obsequios eran finalmente para todos los pequeños de la casa. Más tarde empezaron las disputas: que si me toca a mí, que si tú has estado mucho rato, que si ya verás a la mama...
Con el tiempo –sabio que todo lo coloca en su sitio-, fuimos entendiendo el alcance de las cosas, y nos conformábamos: yo la ida, tú la vuelta, y él, el resto del domingo.

Postales desde Roma

para FMEstapá
CARO AMORE
Caro, amore. No lo parece pero es Amor todo cuanto se consume: tanta luces, tanto tránsito. La ruta de ida, de vuelta –de un extremo al otro extremo-, para encontrarse en el medio de un camino diario, allí donde todo es nosotros. Y aunque a veces llueve y truena, con esa caída de agua finísima -lentitud de las horas donde todo se eterniza- para después –tras la lluvia y el fango- quedarse todo el barro en la suela del zapato, todas las horas de un mismo viaje, -el andado y desandado-, dando reposo a la frágil levedad de tantas cosas.



LA ROSA SPOGLIATTA.
A dos calles más abajo, tras el paseo y en un estrecho pasadizo se cobijaban dos amantes al abrigo del frío atardecer en esta ciudad de eternidades. Dejaban tras de sí un juego de letras: roma, mora, ramo, amor, que dejaron grabado en servilleta de papel. Les oí la risa bajo la bóveda de una misma boca, palatino paisaje donde confundidos en una imberbe silueta cuatro lazos envolvían un único beso. A sus pies el húmedo asfalto desprendía el aroma de siglos de calzada sobre tierra roja. Y se alejaron, a derramar aterciopelados pétalos bajo el techo plomizo del invierno.



RISTRETTO.
No hubo cita previa; hubo, otra vez, el azar ontológico. En los postres se detuvo la palabra, se consumía una vez más una nebulosa de cacao y los dedos trazaban un caligrama de dudas, invisible; sin esperar nada más que lo que sucede, no había más movimiento que la cucharilla de moca en un café ristretto. La vida a sorbos, la vida tristemente desolada al encuentro de una sobremesa plácida donde la sonrisa ubicase el permiso de explayarse, de advertirse con los cincos sentidos sobre el sentimiento: decir, escuchar, atender. Y se rompa el silencio, dulce silencio de azucarillo cristalizado.

Postales para una anatomía

DEDOS.
Religiosamente, sin ser practicante de ninguna filosofía occidental, es que la mayoría de las veces se comenten los mismos errores. De forma pulsátil, como el martilleo escrupuloso de un artesano, es que se va esculpiendo –cincelada escritura-, esta conducta repetitiva y asfixiante.
Uno se cree que no, pero sí; paulatinamente se describe la misma orbita crepuscular de todos los inviernos: el regocijo alrededor de la lumbre, el libro entre los dedos ociosos, el cuenco de lápices despuntando la bóveda de los sueños. Y tú, escribiendo en el otro lado, repiqueteando –siempre espiritualmente-, el abecedario impoluto y breve de tu existencia.






CUELLO.
Levemente se aprecia el debilitamiento de la piel, su cuarteada textura, ahora impregnada por ese pegajoso deslizar de la sierpe. Esta -teñida de ocre presencia, el vaho exhalado al papel como huella perenne de un sortilegio extraño y caduco-, señala los pasos del texto. Son manchas perceptibles, resecas grietas que aunque excelentemente detalladas, transmiten la fatua presencia de una nada, de una sombra vacua.
El colmillo del ovíparo avispado muerde, a la vez que instila la tinta que corre por la autopista del miedo -a seguir errando-; y crece, se crece como voluta metálica por el frágil y desnudo cuello.


OJOS.
Torpemente el velo que cae de los párpados entela el brillante espectáculo del sueño. Ahí se reeditan mágicamente en miles de dimensiones este abecedario de huellas, que al despertar quieren dejarse –como un sello-, en las sábanas extendidas en la cima de un tendedero. En ese día esperado todo viene a redimirse en una nueva luz. Queda atrás la angosta sala onírica donde la bruma formaba un ácido recuerdo: descosidas tapas y un ninguneado texto.
Cae exhausta la noche, y cae el libro desde una mano; desde la otra el vacio de unos velados ojos, los de un pez muerto.

Postales sin clave, sin nota

JAZZ

Sobre el cristal tropiezan las gotas que desde fuera desean entrar. Es un repiqueteo que suavemente despierta los sentidos al nuevo tiempo recién estrenado. No hay más que dejar la mano apoyada en la fría materia de los ventanales de esta urbe inmensa y reclamar el abrigo de unas notas.





RYMT AN BLUES

En la banqueta aterciopelada habitan lágrimas, como en el filo del vaso se acoge el suave carmín. El vestido oscuro resalta el ovalo luminoso de unos hombros desnudos.
Al dejar las manos apoyadas en el teclado es cuando una sombra recoge los dedos solitarios, de la intemperie de la noche.



RAGTIME

Espera la lluvia y el fango entre sus manos, el rio desbordado, la casa derrumbada, los vértices doblegados en la boca –se chorase, agora, o mar inteiro me entraría pelos olhos*-, entre cielo y mar un tránsito sin tinieblas.
Solo entonces este viaje de letras desaparecerá de la lívida sombra.


*Viagem, Mia Couto

Postales a destiempo

AL PASO, AL PASO.
No llueve. Raramente, aún no. El cielo raso y abajo la rambla desplomándose. Ni agua ni palabras que arrastren esta indolente tristeza. En la tarde silenciosa, extraño puente derrotado que alcanza los dos lados de un rio, seco de palabras. Emergen piedrecitas sumergidas desde el lagrimal de unos ojos muertos.


AL TROTE, AL TROTE.
Vencen las horas húmedas de tinta. Otras velocidades invitan a soñar, a relatar la cita con el otoñal destino, ahora adornado de cintas ocres y moradas. A dibujar una brisa celeste, un mantel extendido, dispuesto a recibir tras el paseo: el sol detenido y la espumosa risa crecida entre viñedos.



A GALOPE, A GALOPE.
Un pálpito de palabras resonando en la caja de tu auricular. Altavoz que amplifica los verbos, los adjetivos, todo un vocabulario de cuchillos afilados lanzados acertadamente. Libre la jauría de tu boca –sangriento labio sobre otro labio- acecha el añil del verano. El arcano triunfal de un juego realmente estrafalario.

Verano dos mil nueve


RUINAS.
Viajero de la Luna que despliegas con tus alas el lamento perpetuo de la ausencia. Ya no hay notas suficientes en la escala musical de tu voz, ni arpegios que originen desesperado tumulto en los brazos femeninos del agua.
Se desprende de tu mirada el triste nocturno de una casa sin patio -blanqueadas paredes por el insomnio de muchas noches-, y sin el verdor de unas hojas brillantes que refresquen tu soledad. Imposible carretera te conduce a los abismos lejanos allí donde habita el olvido en otra casa lúgubre y en la cresta de una montaña, sin suaves colinas verdes.



SIESTA.
Había un tiempo para el azul en unos ojos oscuros, la luz de todo lo misterios; podías amanecer junto a un ángel vespertino o retirarte junto a un seductor pájaro de alas fuertes, majestuoso color desprendido en el sutil aleteo de celebrados nocturnos.
Pero había otro tiempo –siempre detenido- donde todo estaba dispuesto a regresar al punto de partida desde la calidez de una tarde estival.
Volátiles sombras, refrescantes paredes, el murmullo de una fuente y el aroma de los cítricos en el aire. Todo era bañado por esa luz blanca –resplandeciente- de los dóciles cuerpos abandonados a la penumbra.


SELVÁTICA.
Durante la infancia se construyen casitas, castillos en el aire, imaginarias poblaciones donde ubicar la vida que crece exponencialmente.
Después vendrá el mundo circular y su órbita irremediable, a decirnos los límites del paraíso. Cuatro paredes, dicen son cuatro. Por una zona se entra, por otra se sale; y las otras dos, son para escapar. Ventanas, balcones, galerías, patios, para entrar, para salir, para regresar y escabullirse. Invitamos a otros seres a quedarse. Y vuelta a comenzar.
Hay quien se limita a reubicar el mundo en cuatro paredes, y este, irremediablemente, se sale exuberante desbordándose al encuentro de la luz.

Postales desde la ventana

ÁNGULOS.
Espero la salida del sol desde uno de sus ángulos. Desconozco esta ventana, su paisaje, y este silencio enmarcado hasta la nueva luz del día. Lo que acontece fuera es otro orden de las cosas, otro ritmo ahora apaciguado por la sombra. Todo es ordenado, por hacer, todo en una quietud imperturbable. Juego a predecir, a imaginar, quien levantará primero su persiana, o bajará calle abajo con la prisa del horario por cumplir. ¿Habrá niños en el barrio? ¿Y ancianos?

Tras esta primera lectura matinal, observo el mobiliario y las señales de la calle: hay dos minusválidos en la zona.

SANDWICHES.
Asomo, te veo marchar. Con sombrero, paraguas y maletín, resplandece el envoltorio del emparedado de jamón. Aunque no tienes cabeza, ni llueve en esta zona del sur, y los documentos más relevantes se quedaron una tarde de verano en un hotel de carretera. Sobre el emparedado no digo nada. Hay quien le añade pétalos; otros, hojas de rúcula amarga.

Hoy aprecié un detalle diferente, giraste hacia el otro lado de la calle. Este chasquido al tiempo detenido en la ventana, ha hecho que la pintura se deslice por un ángulo. Como un personaje misterioso desapareciste violentamente. Espero la próxima viñeta.


AL CIERRE.
Algo ha pasado. Una mujer se ha deslizado rápidamente bajo la persiana a medio bajar. Al parecer un maniquí del escaparate le hizo señas: se ahogaba bajo una camisa y su corbata. Ella se alertó por el ribete azul en sus finos labios. En pocos segundos toda la gente que pasaba tan deprisa minutos antes, ahora se amontonaba frente al gran cristal. Este Efebo imberbe desfallecía ante las miradas atónitas de un público enfebrecido al calor de los móviles.

Como en otras ocasiones, nada se pudo hacer. Ni tan siquiera un maniquí puede permanecer eternamente ante un mismo paisaje decadente.

Postales en marzo



MENSAJES.

La luz del día hizo más resplandeciente el blanco del papel, pendiente de recibir la tinta azul de su sangre. Quedó una última carta escondida entre las letras que todo lo contienen cuando embarcó en ese bajel pirata que deambula sin retorno. Para entonces, doctos escribas vinieron a traducir lo no-escrito, analistas reescribieron sus mieles sonrosadas, y unos ojos desorbitados de asombro hicieron una lectura esquiva, oblicua y sin calificativos.

Tras lo inevitable, tiró una botella al mar. Si acaso la encontraban, pudieran descorchar y verter la espuma de los mares, recogiendo su mensaje: ¡No te vayas! ¡No te vayas!



 
VIENTO.

Oyendo las campanadas que anuncian el final del funeral, piensa en mañana. Si es que mañana podremos decir que es hoy. Observa a un lado, el agua silenciosa, protegida por la caleta. Al otro, la tumultuosa agitación del viento sobre la superficie del mar. Y en medio, este tiempo detenido, muerto. Todos se disponen en un orden que invita a la no discusión, así hasta el viejo cementerio de callecitas estrechas, nichos arrebujados compartiendo el sol y la tierra.

Y de pronto, -tú que vienes disparado, agitando murmullos en la calle, silbando en los portales, subiendo las escaleras hasta los cuartos, ventilando sábanas y humedades-, abres los postigos para derramar todo el invierno desde la ventana, hasta la calle.





PALETA DE SOMBRAS.

Sucede; y así son las cosas que suceden muy rápidamente, con velocidades extrañas y sujetas al ritmo íntimo de un corazón ajeno. Los de al lado, los de allí, y los de aquí, van y vienen con sus trajes, máscaras y cicatrices, sin importar por cuanto se vende la materia ni por cuánto sale en el mercado el género humano.

Acontece; el sol desliza sombras en la fachada, dulce morada. Queda aún: ventilar las habitaciones; sentarse bajo el árbol, a la espera. Ella que era un punteado colorista, alma en el lienzo, ahora representa un agujero sin luz: tiniebla.

Postales desde la infancia

LOS QUE SE PIERDEN.

Hay un tiempo para perderse, para escabullirse en no sé cual bosque lejano, allí donde la hierba crece libremente sin jardinero que la guarde. Allí donde se estudia la biología y la fisiología de los otros con ese rostro ambiguo y descarado que luces cuando sales al mundo. Las caídas, los arañazos, los leves rasguños, son el abismo consentido bajo ese cielo que crece y crece, difuminado tras cortinas de humo en la mente.


Después, mucho más tarde, da igual donde se hayan quedado sitiadas las heridas: corazón, vísceras… Cuando estas sanan, se muestran como leve cicatriz en la mirada.



ABDOULLATIF.

El pájaro reposa su vientre rozando el mar. Llegas en el vuelo de la tarde. La pancarta no muy grande, letras grandes y colores vivos. Así lo han pintado los otros. Los que esperan en la montaña. Cuando hablo contigo me devuelves una sonrisa blanca, y los gruesos labios acomodan un suspiro: desesperanza. Tu nombre trae el viento, tu boca arena, y en el vientre añejo un cascabel sonoro arrugándose entre tu ropa.

Mi niño negro, mi criatura sin alba; por el tubo desciende gota a gota, una tristeza amarga. Mi niño no come, pequeño, deforme túnel es su garganta.


SOMBRAS EN EL ROSTRO.

No conoces esto. Pero mira, le he pedido a tu perro de peluche, su olfato; a tus canciones, sus melodías acuosas; a tus pies, esas botas especiales con las que sé saltas de nube en nube.

Yo te traigo varias cosas: pacientes manos para acariciar; radares en los oídos para escuchar; artilugios para el dolor; sábanas secadas al viento, que desprenden el olor de las verdes manzanas, aquellas que quieres alcanzar tras los espejos. Traigo la luz solar que se cuela por la persiana.

No vengo a lastimarte. Leí tus huesos, tus ojos ausentes, la sombra de su huella dactilar.

TARGETA INVERNAL


EUCALIPTUS.
Como por casualidad aparecen los detalles más intensos. Así, un papelito encontrado en un bolsillo del abrigo, ejerce sobre los dedos el dócil contacto de la ausencia. Aquel día, no se dejaba de sentir un estertor sibilante lanzado a los algodonales pañuelos. El acceso de tos bronca, molesto, asfixiante, deshacía la estructura que sustentaba tu cuerpo: osamenta y discos de coral irisándose.

Y es ahora, que de este reencuentro fortuito, recojo el envoltorio y trato de retener el aroma de lo que contenía: aquel alivio, diminuto y dulzón que ascendía levemente mientras se diluía en la boca su mágico remedio.




SPECT.
Un libro abierto me ha explorado. Yo viajaba en un carril de vía única donde alterarse no tiene sentido ni beneficio, antes al contrario, resta, no suma, y aunque soy torpe para las cuentas, he ido analizando los resultados. Así desde el libro se emitían unas ondas magnéticas de gran suavidad. Temía el gran precipicio a sus lados. Pero hoy, el gran libro ha leído en mí.


Sin saber aún de su lectura, si que he podido percibir la vida breve, lo que se nos va tan de sopetón, cuando aún hay tanto por hacer en nuestro propio libro.






LA COSTA.
Bajaré hasta la costa, a esa cota mínima y necesaria para energizarse. Miraré mi playa, su arena, los diminutos pasos de mis pies. Ése ángulo imperfecto de mi sombra y la sinuosa calle que dibuja el sol para mis brazos paralelos. Las nubes alinearán para mí las figuras más imperfectas, allí donde la luz enciende un mundo diferente, de ensoñaciones y juegos. Rodará la candidez como antaño, dorándose el corazón del rebozo de la arena.

Así, extendida, descansaré cuando el agua bañe mi rostro y su sonido sea leve rumor de caracolas. Para entonces aprenderé a respirar sumergida.

Postales del recuerdo

DE CUANDO LA VIDA ERA UNA EXCURSIÓN
El meu trenet era el carrilet. De los de madera quedaban pocos en circulación pero aún pude apreciar sus vagones ya gastados, con ventanas encalladas imposibles de cerrar. Iba desde Plaza España a Santa Coloma de Cervelló; en Sant Boi -estación central-, se esperaba al tren de color verde, repleto de grupos de esplai.

Ahora, cerca de ese tramo hay un gran puente: pasará el TGV. El paisaje de la zona no ha variado, sigue apareciéndome desolado y en los días fríos, la neblina del río sube por los enlaces de la carretera. Mientras, en esa nube de helor y destemplanza hay quien ansía –habitantes de la desmemoria- la llegada de los tranvías para unir los dos tramos del río.


DE CUANDO LA VIDA TRANSCURRÍA EN LA CALLE
... calle Baleares abajo, subiendo por Ntra. Sra del Coll, gira el torno de las Carmelitas -alguna vez una figura extremadamente delgada bajaba rápidamente por la Bajada del Ángel- y recortes sin consagrar se adherían a la cúpula palatina de nuestras bocas asustadas.

L'home del sac era un habitante de la carbonería cercana, y volvíamos a la carrera dando la vuelta hasta el Hospital Militar. Desde el puente Vallcarca le veíamos gesticular desaforadamente. Olvidando la experiencia reciente, enfilábamos la calleja estrecha que nuevamente nos devolvía a casa.
Los límites del mundo iban agrandándose. Pero el recuerdo tiene el reborde de una postal.


TARGETA ESTIVAL

PAREDES DESCONCHADAS.

Llegué a mi habitación de hotel. Sobre el mueble auxiliar había dejado la llave de entrada, el bolso, los documentos y mis libros de viaje. El espacio, minimalista, y todo su contenido se centraba ahí. Igual que en el anterior de la ruta programada, la estancia se preveía perecedera en las horas. Y como en las demás, la ventana. Mire a través de ella, y ahí asomada sentía en mi espalda la soledad de estos espacios asépticos y confortables.

Me giré –tenía que deshacer la maleta-, reparé en la habitación pendiente de mejoras. Como en mi vida.


LO QUE LA LUZ SE LLEVÓ.

Lo último que recuerdo es el vestíbulo iluminado, y en este amanecer donde las calles parecen más anchas, los edificios más altos y limpios, rozando el amanecer brillante, solo el día se intuye claro y diáfano. Sin ganas de beber o probar bocado, solo engullir silencio, el recuerdo de un pececillo caracoleando entre las piernas estremece la desesperanza... onde estara o meu amor, sera que vela...


ZONA DE TRÁNSITO.
La troiler tiene un siete. La recogí en el anterior enlace. Si se rompía, ni tiempo a comprar nada. Así íbamos, recogidos al vuelo y soltados a manojos en sitios peculiares. La zona se me antojaba un campamento de derrotados. En el rostro, el rictus mortecino del cansancio. Un collage violáceo de autor anónimo: niños, biberones, pañales, patatas chip, lápices de colores, mercadillo de pantallas, overbooking en los móviles, mensajes por un tubo, el perfume de los cuerpos y compresas queriendo volar.

Cuando todos se hayan ido recogeré mi sombra derramada y con el set de costura que llevo siempre, la hilvanaré. Coserla es más difícil.