Al recuperar un correo olvidado, descubrí a una extraña escribiendo con mi nombre. Sus palabras permanecían intactas, encapsuladas bajo el ámbar de la memoria; suspendidas en un tiempo que parecía no haber transcurrido. Me acerqué al espejo que producían y, por un instante, su reflejo ocupó el mío. Intenté indagar más sobre ella, pero el correo sólo me ofrecía miles de entradas acumuladas. Eso si, tenia una certeza inquietante: conocía secretos que yo había olvidado. Finalmente, se me ocurrió mirar en la carpeta de enviados. Justo ahí estaba. Pero, sin recordar haberlo escrito. Era una pregunta. Y seguía esperando respuesta.
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