MENSAJES.
La luz del día hizo más resplandeciente el blanco del papel, pendiente de recibir la tinta azul de su sangre. Quedó una última carta escondida entre las letras que todo lo contienen cuando embarcó en ese bajel pirata que deambula sin retorno. Para entonces, doctos escribas vinieron a traducir lo no-escrito, analistas reescribieron sus mieles sonrosadas, y unos ojos desorbitados de asombro hicieron una lectura esquiva, oblicua y sin calificativos.
Tras lo inevitable, tiró una botella al mar. Si acaso la encontraban, pudieran descorchar y verter la espuma de los mares, recogiendo su mensaje: ¡No te vayas! ¡No te vayas!

VIENTO.
Oyendo las campanadas que anuncian el final del funeral, piensa en mañana. Si es que mañana podremos decir que es hoy. Observa a un lado, el agua silenciosa, protegida por la caleta. Al otro, la tumultuosa agitación del viento sobre la superficie del mar. Y en medio, este tiempo detenido, muerto. Todos se disponen en un orden que invita a la no discusión, así hasta el viejo cementerio de callecitas estrechas, nichos arrebujados compartiendo el sol y la tierra.
Y de pronto, -tú que vienes disparado, agitando murmullos en la calle, silbando en los portales, subiendo las escaleras hasta los cuartos, ventilando sábanas y humedades-, abres los postigos para derramar todo el invierno desde la ventana, hasta la calle.
PALETA DE SOMBRAS.
Sucede; y así son las cosas que suceden muy rápidamente, con velocidades extrañas y sujetas al ritmo íntimo de un corazón ajeno. Los de al lado, los de allí, y los de aquí, van y vienen con sus trajes, máscaras y cicatrices, sin importar por cuanto se vende la materia ni por cuánto sale en el mercado el género humano.
Acontece; el sol desliza sombras en la fachada, dulce morada. Queda aún: ventilar las habitaciones; sentarse bajo el árbol, a la espera. Ella que era un punteado colorista, alma en el lienzo, ahora representa un agujero sin luz: tiniebla.
Oyendo las campanadas que anuncian el final del funeral, piensa en mañana. Si es que mañana podremos decir que es hoy. Observa a un lado, el agua silenciosa, protegida por la caleta. Al otro, la tumultuosa agitación del viento sobre la superficie del mar. Y en medio, este tiempo detenido, muerto. Todos se disponen en un orden que invita a la no discusión, así hasta el viejo cementerio de callecitas estrechas, nichos arrebujados compartiendo el sol y la tierra.
Y de pronto, -tú que vienes disparado, agitando murmullos en la calle, silbando en los portales, subiendo las escaleras hasta los cuartos, ventilando sábanas y humedades-, abres los postigos para derramar todo el invierno desde la ventana, hasta la calle.
PALETA DE SOMBRAS.
Sucede; y así son las cosas que suceden muy rápidamente, con velocidades extrañas y sujetas al ritmo íntimo de un corazón ajeno. Los de al lado, los de allí, y los de aquí, van y vienen con sus trajes, máscaras y cicatrices, sin importar por cuanto se vende la materia ni por cuánto sale en el mercado el género humano.
Acontece; el sol desliza sombras en la fachada, dulce morada. Queda aún: ventilar las habitaciones; sentarse bajo el árbol, a la espera. Ella que era un punteado colorista, alma en el lienzo, ahora representa un agujero sin luz: tiniebla.
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